El dogma de la inteligencia abundante: silicio, fe y la cuenta que alguien debe pagar

El dogma de la inteligencia abundante: silicio, fe y la cuenta que alguien debe pagar

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Entre promesas de silicio y abaratamientos milagrosos, OpenAI postula una era de cálculo inagotable. Mirar esta infraestructura desde América Latina obliga a preguntarse quién controla el peaje de semejante abundancia.

He pasado las primeras horas del día releyendo un texto que desborda optimismo corporativo. Sarah Friar, quien administra las finanzas de OpenAI, ha publicado una suerte de manifiesto técnico-financiero donde promete una era de «inteligencia abundante». La frase tiene la musicalidad grandilocuente de los folletos del siglo XIX, cuando el vapor prometía abolir la fatiga humana y los ferrocarriles juraban borrar las distancias para siempre. Ahora el fetiche no es el carbón ni el riel, sino el token: esa partícula elemental de texto procesado por un racimo de semiconductores que alguien, en algún rincón refrigerado del planeta, alimenta con gigavatios de electricidad.

La tesis central de Friar es tan elegante como previsible: si optimizamos el diseño de los microchips, exprimimos la eficiencia de los centros de datos, pulimos los algoritmos y diseñamos interfaces amables, el costo de generar pensamiento sintético caerá en picada. Nos aseguran que el acceso a la inteligencia dejará de ser un privilegio para convertirse en un bien ubicuo, tan común como el agua del grifo. Pero cuando uno observa el mundo desde este sur obstinado —donde el agua corriente y la conectividad estable siguen siendo conquistas precarias—, la palabra «abundancia» adquiere una resonancia extraña, casi sospechosa.

La liturgia del silicio y el espejismo del costo cero

Suelo desconfiar de las palabras que el tecno-capitalismo desgasta a fuerza de repetirlas sin pudor. «Democratización» es, sin duda, la más manoseada de todas. En el catecismo de San Francisco, democratizar algo significa volverlo lo suficientemente barato como para que miles de millones de personas lo consuman a diario, creando a su paso una dependencia irreversible que luego cotiza en bolsa.

«La verdadera barrera de entrada para la inteligencia artificial ya no radica en la imaginación de los creadores, sino en los gigavatios y las obleas de silicio que sostienen cada cálculo invisible.»

Nos explican que la reducción drástica en los costos de inferencia —el momento exacto en que la máquina responde a una pregunta nuestra— abrirá las compuertas de la innovación en los mercados periféricos. La promesa suena tentadora para un programador en Bogotá, una pequeña empresa en Córdoba o un investigador en Puebla: poder integrar modelos colosales sin que la factura de procesamiento devore sus márgenes menguantes. Sin embargo, me pregunto si no estamos confundiendo la baratura del consumo con la emancipación técnica.

El engranaje invisible de la infraestructura

Para que un estudiante en Lima obtenga una respuesta sintetizada en dos segundos, debe operar una cadena física monumental. No hay magia ni nubes etéreas; hay minas de tierras raras, fundiciones de semiconductores concentradas en una isla asiática bajo tensión geopolítica y naves industriales del tamaño de estadios que consumen caudales de refrigeración insólitos. La inteligencia abundante descansa sobre una de las industrias más pesadas, materiales y centralizadas de la historia humana.

La microeconomía del token subordinado

Cuando el costo por millón de tokens desciende de dólares a centavos, celebramos la victoria de la eficiencia. Lo que rara vez se subraya es que el control de esa arquitectura permanece blindado tras las murallas de un puñado de corporaciones transnacionales. América Latina corre el riesgo habitual: celebrar que los espejitos de silicio son cada vez más económicos, mientras la capacidad de fabricar, entrenar o decidir el destino de esos modelos sigue perteneciendo a los mismos cuatro códigos postales de siempre.

La distancia entre la promesa californiana y la realidad del sur

No pretendo desestimar el logro de ingeniería. Sería necio negar que la optimización algorítmica y el abaratamiento del cálculo son indispensables para que una pequeña compañía latinoamericana construya herramientas diagnósticas o automatice procesos logísticos. Lo que me inquieta es la narrativa redentora que envuelve la transacción.

Del silicio ajeno al desarrollo propio

A lo largo de las décadas, nuestra región ha presenciado sucesivas oleadas de modernización importada. Nos dijeron que el software libre nivelaría la cancha; luego, que la computación en la nube nos liberaría de la servidumbre del hardware local. El resultado práctico ha sido una transferencia colosal de rentas en forma de suscripciones mensuales tasadas en dólares, drenando presupuestos que bien podrían financiar soberanía tecnológica regional.

La directora financiera de OpenAI argumenta que el efecto compuesto de estas mejoras técnicas resolverá las brechas de acceso. Pero la brecha nunca ha sido meramente técnica ni estrictamente monetaria; es, ante todo, una asimetría de poder estructural. Quien posee la infraestructura fija los términos, define las directrices morales del algoritmo y apaga el interruptor cuando las prioridades geopolíticas cambian.

El peaje ineludible de la nueva era

Quizás me equivoque y estemos a las puertas de un renacimiento donde la abundancia computacional libere talentos hoy asfixiados por la precariedad. Ojalá así sea. Pero hasta que no veamos cables, centros de procesamiento alimentados con energías renovables locales y modelos entrenados bajo nuestros propios marcos culturales y soberanos, la llamada inteligencia abundante seguirá siendo lo que siempre fue: un servicio importado que consumimos con fascinación, maravillados por su velocidad, mientras pagamos religiosamente el peaje por cada palabra que la máquina calcula en nuestro nombre.


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