Mercado Libre y Nubank lanzan sus propios modelos de inteligencia artificial entrenados con la informalidad regional. Una reflexión sobre la soberanía técnica y los límites de computar la supervivencia cotidiana.
He pasado media vida mirando cómo los tenderos de barrio anotan deudas en cuadernos de espiral con las esquinas comidas por el tiempo. En una esquina de Buenos Aires, en un puesto de frutas de Coyoacán o en una favela empinada de São Paulo, la economía real de nuestra América nunca necesitó de Wall Street ni de puntajes FICO para sostenerse; se sostenía —y se sostiene— sobre una red invisible de miradas, promesas entre dientes y esa forma vernácula de la confianza que solemos llamar el fiado. Para los señores pulcros de Silicon Valley, esa mitad de la vida humana ha sido siempre una mancha ciega, un territorio de bárbaros sin historial bancario que sus refinados modelos matemáticos descartaban por insolvente.
Por eso me detengo con atención y cierta suspicacia ante la noticia: Mercado Libre y Nubank han decidido construir y poner a operar sus propios modelos de inteligencia artificial, entrenados no con los sermones abstractos de la enciclopedia global ni con las transacciones asépticas de los suburbios de California, sino con el barro cotidiano de nuestras operaciones informales, nuestros dialectos quebrados y nuestros rebusques financieros.
El dialecto del fiado y la matemática de California
Suelo desconfiar de las palabras pomposas que la industria tecnológica inventa cada temporada para vendernos sus espejos de colores. Nos dijeron que la inteligencia artificial era universal, pero cualquier observador atento sabe que un algoritmo entrenado en Palo Alto entiende tanto de la economía de un vendedor ambulante de Bogotá como yo de física cuántica.
La ceguera del algoritmo importado
Durante la última década, las filiales locales de las grandes consultoras intentaron encajar la realidad latinoamericana en plantillas foráneas. El resultado era previsible: millones de personas quedaban expulsadas del crédito formal porque no encajaban en la definición calvinista de la disciplina financiera anglosajona. El modelo importado buscaba recibos de sueldo timbrados, cuentas de ahorro con saldos previsibles y declaraciones juradas de impuestos; encontraba, en cambio, transferencias fragmentadas por mensajería instantánea, pagos en efectivo al caer la tarde y redes de solidaridad vecinal.
Para la inteligencia artificial de exportación, la informalidad no era un sistema con reglas propias, sino un simple error estadístico que debía ser corregido o ignorado.
La gramática oculta de la supervivencia
Lo que las plataformas regionales han descubierto —tras acumular décadas de pagos digitales, compras a plazos y microcréditos otorgados a ciegas— es que la supervivencia en el sur del continente tiene su propia gramática rigurosa. Un comerciante que jamás pisó una sucursal bancaria tradicional puede ser un pagador extraordinariamente puntual si se miden las señales correctas: la frecuencia con que recarga los datos de su teléfono, la velocidad con la que liquida a sus proveedores de harina o la consistencia con la que recibe pequeños cobros digitales cada sábado.
Gigantes propios: la domesticación del cálculo
El anuncio de estos modelos de lenguaje y cálculo transaccional propios marca un quiebre que no conviene minimizar. No se trata meramente de aplicar una capa superficial en español neutro sobre un motor diseñado por OpenAI o Google, sino de erigir infraestructuras de cómputo donde el núcleo del entrenamiento son los patrones de consumo de quinientos millones de latinoamericanos.
Mercado Libre y Nubank frente al espejo regional
Ambas compañías han comprendido que su verdadero capital no reside en los servidores, sino en la intimidad de los intercambios que gestionan a diario. Saben cómo regatea un comprador en Lima, qué términos utiliza un usuario en Minas Gerais para justificar un atraso temporal y qué probabilidades reales existen de que una costurera en el conurbano bonaerense devuelva un préstamo destinado a comprar una máquina recta. Al procesar esa textura cultural, estos nuevos modelos fundacionales logran una precisión predictiva que deja a las herramientas importadas en ridículo.
Entre la inclusión genuina y la extracción perfecta
Sin embargo, me asalta la duda inevitable. ¿Estamos ante un acto de soberanía tecnológica que democratiza el acceso al capital o frente a la construcción de un panóptico financiero infinitamente más sofisticado? La frontera entre comprender a un sujeto para auxiliarlo o para monetizar hasta el último pliegue de su vulnerabilidad suele ser tenue. Convertir la picardía, la improvisación y la urgencia popular en un flujo predecible de datos optimizados para el balance corporativo es una proeza técnica, sin duda, pero también un recordatorio de que en el capitalismo de plataformas nada escapa a la cuantificación.
¿Quién es dueño de la sospecha?
No estoy seguro de si debemos celebrar este paso como una victoria de la identidad regional o mirarlo con el recelo con que se mira a quien aprende a leer nuestros secretos mejor guardados. Durante siglos, la informalidad fue el refugio imperfecto de quienes no tenían cabida en los libros notariales del poder; un espacio caótico, injusto muchas veces, pero obstinadamente humano.
Hoy, ese último reducto comienza a ser traducido a vectores, pesos probabilísticos y redes neuronales por titanes nacidos en nuestras propias tierras. Quizás sea el precio inevitable del progreso en este siglo que no tolera los misterios. Pero mientras veo cómo el algoritmo aprende a descifrar la letra apretada de aquel cuaderno de almacén, no puedo evitar preguntarme si, al perder la opacidad de nuestras carencias, no estaremos entregando también la última forma de libertad que nos quedaba: la de no ser enteramente calculables.











